En el ictus menor, una trombectomía prolongada puede convertir una oportunidad terapéutica en una agresión innecesaria. Este estudio sugiere que el verdadero enemigo no es solo la oclusión, sino también una intervención que se alarga entre accesos difíciles, pases repetidos y reperfusiones incompletas. La lección es incómoda pero clara: cuando el paciente llega casi independiente, el margen para equivocarse es mínimo.
En un estudio de cohortes retrospectivo multicéntrico, Abo Kasem y colaboradores, en el Journal of Neurosurgery, introducen una variable que a menudo se diluye entre escalas, imágenes y porcentajes de recanalización: la duración real del procedimiento.
Resulta especialmente relevante porque plantea una cuestión profundamente quirúrgica: no basta con poder realizar una intervención; hay que saber cuándo compensa continuar. En el paciente con NIHSS bajo, que entra en la sala casi independiente, cada pase adicional, cada minuto y cada complicación tienen un peso proporcionalmente mayor.
Por eso la trombectomía interesa al neurocirujano incluso cuando no sostiene personalmente el catéter. Decide, selecciona, acompaña, trata las complicaciones y recibe al paciente cuando la reperfusión fracasa. El ictus por oclusión de gran vaso no termina en la sala de angiografía: muchas veces continúa en la UCI, en el quirófano y en la valoración neuroquirúrgica urgente.
El centro participante es el Hospital Universitario La Paz de Madrid, a través de Pedro Navia, del Departamento de Neurorradiología.
Tras analizar 398 pacientes con ictus menor incluidos en el registro STAR, los autores observan que las trombectomías completadas en 35 minutos o menos se asociaron con mejores resultados funcionales que el tratamiento médico. Por el contrario, cuando el procedimiento superó ese tiempo, la independencia funcional descendió de forma marcada y los resultados fueron incluso peores que con tratamiento médico aislado.
La lectura superficial sería sencilla: 35 minutos representan la frontera entre beneficio y daño. Pero la realidad probablemente sea más compleja. Una trombectomía prolongada no es solo una trombectomía lenta. Es, con frecuencia, una anatomía hostil, un trombo resistente, un acceso difícil, varios pases, una reperfusión incompleta o una complicación en desarrollo.
El reloj no explica todo, pero revela algo esencial: en el paciente con déficit leve, el margen de error es mucho menor. El enfermo entra en la sala casi independiente y cualquier daño procedimental pesa más que en quien llega con un ictus devastador.
Por ello, el mensaje del artículo no debería ser abandonar automáticamente la trombectomía al minuto 35, sino seleccionar mejor, acceder antes, reducir intentos inútiles y reevaluar continuamente si la posibilidad de beneficio sigue justificando el riesgo.
En el ictus menor, no basta con abrir la arteria. Hay que hacerlo rápido, con precisión y sabiendo cuándo dejar de insistir.
Referencia: Abo Kasem R, El Baba B, Ma T, et al. Minor stroke, major stakes: impact of procedure duration on thrombectomy outcomes in minor stroke. J Neurosurg. 2026 Jul 17:1-12. doi:10.3171/2026.2.JNS252558.