España y la neurofisiología intraoperatoria: monitorizar no es comprender

El trabajo «Multimodal intraoperative monitoring of facial nerve function: combined use of blink reflex and corticobulbar motor evoked potentials», publicado en Clinical Neurophysiology en 2026, constituye un nuevo ejemplo de la contribución española al desarrollo de la monitorización neurofisiológica intraoperatoria.

El estudio ha sido realizado íntegramente en el Hospital Universitari de Bellvitge por un equipo multidisciplinar formado por los neurofisiólogos Isabel Fernández-Conejero y Júlia Miró Lladó, los anestesiólogos Onésimo Alaniz Foyo y Laura Contreras López, y los neurocirujanos Jose Luis Sanmillán Blasco y Alberto Torres Díaz.

Más allá de sus resultados concretos, este trabajo demuestra que en España existen grupos capaces de producir investigación de alto nivel en un área extremadamente especializada como la monitorización del nervio facial durante la cirugía de la base del cráneo.

La neurocirugía moderna se ha acostumbrado a convivir con pantallas. Mientras el cirujano trabaja bajo el microscopio, a su alrededor aparecen potenciales evocados, electromiografías, mapas funcionales y un flujo continuo de información neurofisiológica. Cada nueva tecnología promete una cirugía más segura y una mejor preservación neurológica. Sin embargo, la pregunta fundamental sigue siendo la misma: ¿estamos realmente entendiendo lo que medimos?

El trabajo de Fernández-Conejero y colaboradores sobre el uso combinado del reflejo de parpadeo y los potenciales evocados motores corticobulbares en cirugía de base de cráneo es un buen ejemplo de esta cuestión. Los autores muestran que la preservación del reflejo de parpadeo al final de la intervención se asocia con una excelente evolución funcional del nervio facial y sugieren que ambas modalidades de monitorización son complementarias.

Desde un punto de vista técnico, el estudio es sólido. La monitorización fue factible en prácticamente todos los pacientes y los resultados apoyan la utilidad del reflejo de parpadeo como herramienta pronóstica. Sin embargo, el verdadero interés del trabajo no reside únicamente en sus cifras ni en sus porcentajes. Su importancia radica en que obliga a plantearse una pregunta más profunda sobre el papel de la monitorización intraoperatoria en la neurocirugía contemporánea.

Durante años hemos asumido que registrar más información equivale automáticamente a una mejor cirugía. Pero la historia de la medicina demuestra que la acumulación de datos no siempre se traduce en conocimiento y que el conocimiento, a su vez, tampoco garantiza mejores decisiones. Un monitor puede advertir de una lesión inminente, pero si esa información no modifica la conducta del cirujano, su valor clínico es limitado.

La verdadera utilidad de cualquier técnica de monitorización no está en su capacidad para predecir el resultado postoperatorio. El resultado ya no puede cambiarse cuando la cirugía ha terminado. Lo realmente importante es si esa señal permite actuar antes de que el daño sea irreversible. La pregunta relevante no es si el reflejo de parpadeo predice una parálisis facial, sino si su alteración permite modificar la estrategia quirúrgica y evitar esa parálisis.

Este matiz puede parecer filosófico, pero tiene profundas implicaciones prácticas. En muchas ocasiones la monitorización neurofisiológica se convierte en un sofisticado observador del daño neurológico. El monitor informa de que algo ha ocurrido, pero no necesariamente ayuda a impedir que ocurra. La diferencia entre ambas situaciones es enorme.

La neurocirugía del futuro probablemente no consistirá en añadir más canales de monitorización ni en acumular más señales electrofisiológicas. Consistirá en comprender cuáles de esas señales contienen información verdaderamente útil y, sobre todo, cuáles son capaces de cambiar las decisiones del cirujano en tiempo real.

El trabajo de Bellvitge apunta precisamente en esa dirección. El reflejo de parpadeo parece aportar información complementaria a los potenciales corticobulbares y puede resultar especialmente útil en determinados momentos de la cirugía en los que otras modalidades de monitorización presentan limitaciones. Sin embargo, aún estamos lejos de demostrar de manera definitiva cuánto cambia realmente la conducta quirúrgica y cuánto mejora el resultado del paciente.

La lección más importante de este estudio trasciende el nervio facial y la cirugía de base de cráneo. Es una lección aplicable a toda la neurocirugía y, en realidad, a toda la medicina basada en datos. Medir no es comprender. Registrar no es conocer. Y conocer tampoco es suficiente si ese conocimiento no conduce a una mejor decisión.

En una época en la que la inteligencia artificial, el big data y la monitorización multimodal prometen revolucionar la medicina, conviene recordar una idea sencilla: el valor de una información no depende de la cantidad de datos que genera, sino de su capacidad para cambiar nuestras acciones.

Porque un monitor que solo confirma el daño es una herramienta diagnóstica. Pero un monitor que permite evitarlo se convierte en una verdadera herramienta terapéutica. Y quizá ahí resida el futuro de la neurofisiología intraoperatoria y, en última instancia, de la propia neurocirugía.

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