Una revisión publicada en Journal for ImmunoTherapy of Cancer cuestiona una de las interpretaciones más cómodas de la inmunología tumoral: que los linfocitos presentes dentro de un tumor están allí necesariamente para combatirlo.
El trabajo cuenta con participación española a través de Marta M. Alonso, investigadora de la Clínica Universidad de Navarra, junto con especialistas del MD Anderson Cancer Center y del Moffitt Cancer Center de Estados Unidos.
Los autores plantean la denominada hipótesis de la infección. Según esta propuesta, una parte de los linfocitos infiltrantes tumorales podría haber sido reclutada para responder frente a virus, bacterias o componentes microbianos presentes en el tumor, y no necesariamente frente a las células cancerosas.
La idea es brillante. La evidencia, mucho menos.
Detectar ADN bacteriano, ARN viral o señales microbianas en una muestra tumoral no demuestra que exista una infección activa. Tampoco demuestra que esos microorganismos sean responsables de atraer a los linfocitos ni que modifiquen de manera relevante la respuesta contra el cáncer.
En los estudios del microbioma tumoral, la contaminación de muestras, reactivos y plataformas de secuenciación continúa siendo un problema difícil de ignorar. Cuando la cantidad de material microbiano es mínima, resulta demasiado fácil convertir una señal técnica en una teoría biológica.
Además, encontrar linfocitos específicos frente a virus o bacterias dentro de un tumor no permite concluir que sean irrelevantes para el control tumoral. Podrían actuar como espectadores, responder a una inflamación inespecífica, presentar reactividad cruzada o incluso potenciar indirectamente una respuesta antitumoral.
La gran debilidad del trabajo es que propone una explicación seductora sin demostrar todavía causalidad. No aporta evidencia clínica de que eliminar microorganismos mejore la inmunoterapia, de que modificar el microbioma tumoral transforme un tumor inmunológicamente frío ni de que los linfocitos antimicrobianos determinen el pronóstico.
En neurooncología, la prudencia debe ser máxima. El fracaso de la inmunoterapia en el glioblastoma no puede explicarse únicamente por el origen de los linfocitos infiltrantes. La heterogeneidad tumoral, la inmunosupresión, la escasez de neoantígenos, la disfunción linfocitaria, los corticoides y las características del sistema nervioso central continúan siendo obstáculos mucho más demostrados.
El mérito de la revisión, con participación de la Clínica Universidad de Navarra, es formular una pregunta incómoda y necesaria: cuando observamos linfocitos en un tumor, ¿sabemos realmente qué están reconociendo?
La respuesta sigue siendo no.
Pero desconocer la respuesta no convierte automáticamente una hipótesis en un nuevo paradigma. Antes serán necesarios microorganismos viables, respuestas inmunitarias específicas, demostración funcional, causalidad y resultados clínicos.
La hipótesis de la infección es provocadora, elegante y merece ser investigada. Pero, por ahora, sigue siendo una buena historia inmunológica pendiente de demostrar.
En oncología, una teoría atractiva puede llenar editoriales. Para cambiar tratamientos hacen falta pruebas.
Referencia: Gomez-Manzano C, Shin DH, Alvarez-Breckenridge C, et al. Diverse origin and nature of tumor-infiltrating lymphocytes: the infection hypothesis. J Immunother Cancer. 2026;14(7). doi:10.1136/jitc-2026-015822.