Lectura libremente inspirada por el artículo del Dr. Francisco González-Llanos, presidente de la SENEC, «El futuro de la neurocirugía: entre el bisturí, el catéter y lo que aún no sabemos imaginar»
Tras leer el interesante artículo del Dr. Francisco González-Llanos sobre el futuro de la neurocirugía, uno puede respirar tranquilo.
Afortunadamente, el futuro está lleno de inteligencia artificial, robótica, realidad aumentada, genética molecular y otras maravillas tecnológicas que resolverán todos nuestros problemas.
Y menos mal.
Porque los problemas actuales parecen bastante más difíciles.
Por ejemplo, encontrar quién clipará un aneurisma complejo dentro de diez años.
Pero no adelantemos acontecimientos.
Lo importante es que tendremos robots.
El artículo nos invita a imaginar un neurocirujano capaz de moverse con soltura entre el quirófano y la sala de angiografía, dominando la microcirugía y el tratamiento endovascular con idéntica excelencia.
Una figura admirable.
Algo así como una mezcla entre Yasargil, Gazi Yaşargil otra vez, un neurorradiólogo intervencionista de referencia mundial, un ingeniero biomédico, un experto en inteligencia artificial y, probablemente, un atleta olímpico.
Todo ello antes de cumplir los cuarenta años.
Sin duda un objetivo razonable para las próximas generaciones.
Mientras tanto, en algunos hospitales, los residentes intentan completar su formación observando cómo los aneurismas desaparecen de las listas quirúrgicas con la misma rapidez con la que aparecen nuevas presentaciones sobre innovación tecnológica.
Pero no importa.
Porque existen simuladores.
Y todos sabemos que operar un aneurisma roto es prácticamente igual que completar una simulación un martes por la tarde después de un café.
El cerebro humano apenas aprecia la diferencia.
También resulta reconfortante saber que la inteligencia artificial tendrá un papel creciente en la neurocirugía.
La inteligencia artificial identificará lesiones.
La inteligencia artificial ayudará a planificar.
La inteligencia artificial optimizará procesos.
La inteligencia artificial sugerirá tratamientos.
La inteligencia artificial probablemente escribirá informes.
La inteligencia artificial quizás redacte artículos de opinión sobre el futuro de la neurocirugía.
Lo único que parece que seguirá haciendo el neurocirujano será acudir a las tres de la madrugada cuando llegue una hemorragia subaracnoidea.
Pero tampoco conviene ser pesimistas.
Seguro que para entonces habrá una aplicación móvil.
Otro aspecto tranquilizador es comprobar que la excelencia neuroquirúrgica continuará floreciendo de manera espontánea en todos los hospitales.
No importa que disminuya el volumen de casos complejos.
No importa que algunos procedimientos se realicen cada vez con menor frecuencia.
No importa que la experiencia dependa precisamente de acumular experiencia.
La excelencia, como las plantas ornamentales, parece crecer simplemente porque todos deseamos que así ocurra.
Y si algún día surge la incómoda pregunta de cuántos casos son necesarios para mantener determinadas competencias, siempre podremos organizar una mesa redonda.
Nada combate mejor los problemas estructurales que una buena mesa redonda.
Quizá el punto más emocionante del artículo sea la referencia a la genética y a la prevención molecular.
Es una perspectiva fascinante.
Tal vez dentro de algunas décadas podamos evitar que aparezcan aneurismas o malformaciones vasculares.
Lo cual será una excelente noticia.
Especialmente para los residentes que ya no habrán tenido oportunidad de aprender a tratarlos.
La neurocirugía habrá resuelto definitivamente el problema de la formación eliminando las enfermedades.
Una solución elegante.
Y sostenible.
Sin embargo, existe una cuestión que sigue generando cierta inquietud.
Mientras imaginamos robots, algoritmos, gemelos digitales, navegación avanzada y prevención molecular, continúan ocurriendo cosas extrañamente analógicas.
Los pacientes siguen llegando.
Los hematomas siguen sangrando.
Las hidrocefalias siguen apareciendo.
Las médulas siguen comprimiéndose.
Y los teléfonos de guardia siguen sonando.
Con una insistencia casi reaccionaria.
Quizá por eso algunos neurocirujanos conservan la sospecha de que el futuro de la especialidad dependerá menos de la inteligencia artificial y más de algo extraordinariamente anticuado:
tener suficientes neurocirujanos experimentados.
Pero seguramente se trate de una visión romántica.
Al fin y al cabo, estamos en 2026.
Y ya sabemos que cualquier problema suficientemente complejo puede resolverse añadiendo las palabras «robótica», «innovación» o «algoritmo predictivo» en una diapositiva de PowerPoint.
Por tanto, podemos estar tranquilos.
La neurocirugía del futuro está asegurada.
Ahora sólo falta asegurarse de que también lo esté la del próximo fin de semana.