El estudio fue realizado por Andreea-Emanuela Baciu, Ana-María Castaño León, Sofía Martínez Molina y Alfonso Lagares, del Hospital Universitario 12 de Octubre, el Instituto de Investigación Sanitaria imas12 y la Universidad Complutense de Madrid.
Fue publicado en Frontiers in Neurology
Baciu AE, León AC, Molina SM, Lagares A. Factors determining hydrocephalus after decompressive craniectomy: the role of interhemispheric hygroma. Front Neurol. 2026 Jun 22;17:1815427. doi: 10.3389/fneur.2026.1815427. PMID: 42440730; PMCID: PMC13333460.
Un higroma interhemisférico de 8 mm no diagnostica una hidrocefalia ni justifica una derivación. El estudio aporta una señal radiológica útil, pero el pequeño tamaño de la muestra, el diseño retrospectivo y la ausencia de validación externa impiden convertir esa cifra en una regla clínica.
Una asociación interesante, no un criterio quirúrgico
La hidrocefalia postraumática tras una craniectomía descompresiva sigue siendo difícil de diagnosticar. La ventriculomegalia puede reflejar una alteración del líquido cefalorraquídeo, pero también atrofia cerebral, síndrome del trepanado o una evolución neurológica desfavorable por otras causas.
El estudio analizó retrospectivamente a 104 pacientes con craniectomía descompresiva tras traumatismo craneoencefálico. La mitad desarrolló hidrocefalia radiológica.
El grosor del higroma interhemisférico se asoció con la aparición de hidrocefalia y con la necesidad de tratamiento. Los autores proponen un umbral aproximado de 8 mm, con un área bajo la curva de 0,81.
El hallazgo es clínicamente plausible. Un higroma interhemisférico progresivo puede reflejar una alteración relevante de la dinámica del LCR y justificar una vigilancia más estrecha.
Sin embargo, no debe confundirse asociación con indicación terapéutica.
Las limitaciones importan
El punto de corte procede de una cohorte retrospectiva, unicéntrica y con pocos pacientes tratados. Además, fue calculado y evaluado en la misma muestra, sin validación externa.
Tampoco queda suficientemente clara la reproducibilidad de la medición, el momento exacto en que se registró el grosor máximo ni si los evaluadores estaban cegados a la evolución clínica.
El seguimiento fue más prolongado en los pacientes con hidrocefalia y en los tratados. Esto aumenta la posibilidad de detectar tanto un mayor grosor del higroma como una ventriculomegalia tardía.
También existe heterogeneidad en el tratamiento, que incluyó derivaciones, drenajes y craneoplastias. Por tanto, el desenlace refleja en parte las decisiones clínicas de un único centro durante catorce años.
Qué aporta a la práctica
El estudio justifica medir y seguir de forma sistemática el higroma interhemisférico tras una craniectomía descompresiva.
Un grosor cercano o superior a 8 mm, especialmente si aumenta, debería alertar al neurocirujano y motivar una valoración más estrecha de:
- evolución neurológica;
- progresión ventricular;
- dilatación de las astas temporales;
- situación de la craneoplastia;
- posible ventriculomegalia ex vacuo;
- necesidad de pruebas de dinámica del LCR.
Pero ningún paciente debería recibir una derivación por una cifra aislada.
Conclusión
El grosor del higroma interhemisférico puede ser un marcador útil de riesgo tras una craniectomía descompresiva. El estudio aporta una hipótesis relevante, pero no valida un umbral terapéutico.
Ocho milímetros deben aumentar la vigilancia, no sustituir el juicio clínico.