La monitorización intracraneal multimodal presume de precisión, pero durante años ha tolerado una inconsistencia elemental: no documentar de forma uniforme dónde está la sonda, cómo se implantó ni cuándo dejó de ser fiable. Neurocore-iMMM intenta corregir ese desorden, aunque solo mediante consenso experto. Poner orden en los datos era imprescindible; confundir ese orden con beneficio clínico sería el siguiente error.
Un consenso internacional mediante Delphi modificado de tres rondas, con 82 expertos iniciales y una retención del 72%, es evidencia de consenso experto, no un estudio de eficacia clínica.
María A. Poca, del Hospital Universitario Vall d’Hebron de Barcelona, y Alfonso Lagares, del Hospital Universitario 12 de Octubre, Universidad Complutense e Instituto de Investigación i+12 de Madrid, concluyen que ciertos estándares permiten documentar de forma uniforme la implantación y las complicaciones, facilitando comparaciones multicéntricas y futuros ensayos de terapia guiada por monitorización.
Los principales estándares consensuados fueron:
- Documentar la localización de la sonda: tejido perilesional o aparentemente normal.
- Indicar el tipo de abordaje: guiado por imagen o estandarizado.
- Confirmar la posición mediante imagen postimplantación.
- Registrar complicaciones: mala posición, hemorragia e infección del SNC.
- Diferenciar colonización de infección, con recuento celular en LCR y cultivo del material retirado.
- Clasificar los fallos de precisión en desplazamiento, pérdida de calibración e inestabilidad de señal.
- Especificar la referencia de nivelación de las líneas con fluido.
- Describir el sistema de fijación.
- Documentar el protocolo de recalibración.
El problema principal es que confunde un consenso documental con un estándar clínico validado.
El Delphi dice qué variables conviene registrar, pero no demuestra que esas definiciones sean reproducibles, que reduzcan las complicaciones ni que mejoren las decisiones terapéuticas. Además, solo 57 de 120 elementos alcanzaron consenso y se perdió un 28% del panel inicial, lo que puede introducir sesgo.
En resumen: ordena cómo describir la implantación, pero no demuestra que ese orden mejore el pronóstico del paciente.
Hoy se exige al neurocirujano que acuda de madrugada a implantar un sensor, asuma el riesgo hemorrágico e infeccioso y resuelva una urgencia técnica bajo presión. Sin embargo, después nadie garantiza que la señal sea interpretable, que exista un protocolo para actuar sobre ella o que esa monitorización cambie el pronóstico. El sistema exige precisión quirúrgica inmediata para obtener datos cuya utilidad clínica sigue siendo, demasiadas veces, opcional.