La última herejía de la Neurocirugía: hablar de poder

https://www.larazon.es/salud/luis-ley-mayor-cambio-que-logrado-neurocirugia-democratizacion_202606086a21a230ddbf36750d250ea7.html

La reciente entrevista de Luis Ley en La Razón ha sido ampliamente compartida entre neurocirujanos españoles. Y no es para menos. Ley es una de las figuras más reconocidas de la Neurocirugía nacional y sus opiniones merecen atención.

Entre todas sus reflexiones hay una que destaca por encima de las demás:

«El mayor cambio que se ha logrado en Neurocirugía es su democratización».

La frase es atractiva.

Suena bien.

Probablemente todos queremos creerla.

Pero precisamente por eso merece ser analizada.

Porque si existe algo que la Neurocirugía nunca ha sido, es una democracia.

El conocimiento ya no es el problema

Hace treinta años el conocimiento estaba concentrado.

La experiencia estaba concentrada.

Los casos complejos estaban concentrados.

Las oportunidades estaban concentradas.

Hoy el panorama es distinto.

Los residentes tienen acceso a más información de la que tuvieron generaciones enteras de neurocirujanos.

Las técnicas se pueden estudiar en vídeo.

Las publicaciones son accesibles.

La simulación es cada vez más sofisticada.

La inteligencia artificial promete acelerar todavía más esta transformación.

Desde este punto de vista, Luis Ley tiene razón.

El conocimiento se ha democratizado.

Pero la pregunta importante es otra.

¿Quién decide quién opera?

Esta es probablemente la pregunta más importante de la Neurocirugía moderna.

Y curiosamente es una de las menos discutidas.

¿Quién decide cuándo un residente está preparado?

¿Quién decide cuándo un adjunto joven puede asumir autonomía?

¿Quién decide quién realiza los casos complejos?

¿Quién decide quién progresa más rápido?

¿Quién decide quién se convierte en referente?

La respuesta rara vez aparece en los programas formativos.

Porque la respuesta suele ser mucho más simple.

Lo decide el poder.

La palabra prohibida

La medicina habla constantemente de liderazgo.

Habla de formación.

Habla de excelencia.

Habla de calidad.

Pero rara vez habla de poder.

Y sin embargo buena parte de la vida profesional de un neurocirujano está condicionada por cómo se distribuye el poder dentro de una organización.

Poder para decidir.

Poder para delegar.

Poder para enseñar.

Poder para permitir crecer.

Poder para impedir crecer.

La mayoría de los conflictos importantes de un servicio no giran alrededor de un aneurisma o de un glioblastoma.

Giran alrededor del acceso a oportunidades.

Todos lo saben.

Pocos lo reconocen.

La ficción favorita de la profesión

Nos gusta pensar que la Neurocirugía es una meritocracia perfecta.

Que el mejor termina imponiéndose.

Que el más preparado recibe más oportunidades.

Que el talento siempre encuentra su camino.

La realidad es más incómoda.

El talento importa.

Mucho.

Pero también importa dónde te formas.

Quién te supervisa.

Quién cree en ti.

Quién no cree en ti.

Qué cultura tiene tu servicio.

Y qué grado de seguridad personal poseen quienes ocupan posiciones de liderazgo.

Porque existe una diferencia enorme entre formar sucesores y formar ayudantes.

El indicador que nadie publica

Los servicios publican su actividad quirúrgica.

Publican sus artículos.

Publican sus comunicaciones.

Publican sus congresos.

Publican sus innovaciones.

Pero existe un indicador mucho más importante que rara vez aparece en ninguna memoria anual.

¿Cuántos neurocirujanos excelentes ha producido este servicio durante la última década?

No residentes titulados.

No adjuntos contratados.

No ayudantes permanentes.

Neurocirujanos capaces de liderar.

Capaces de enseñar.

Capaces de asumir responsabilidades.

Capaces de crear nuevas escuelas.

Porque una organización que depende excesivamente de unas pocas figuras no ha resuelto el problema de la transmisión del conocimiento.

Simplemente ha conseguido retrasarlo.

La verdadera democratización

Quizá la Neurocirugía sí se haya democratizado técnicamente.

Quizá nunca haya existido tanto acceso al conocimiento.

Quizá los neurocirujanos jóvenes dispongan de mejores herramientas que cualquier generación previa.

Pero la verdadera democratización no consiste en tener acceso a un microscopio.

Ni a un navegador.

Ni a un robot.

Ni a una plataforma de inteligencia artificial.

La verdadera democratización comienza cuando las oportunidades dejan de depender de relaciones personales y empiezan a depender de competencias demostradas.

Comienza cuando la autonomía se concede por madurez profesional y no por antigüedad.

Comienza cuando formar a alguien mejor que uno mismo deja de percibirse como una amenaza.

Y quizá ahí se encuentre la cuestión fundamental.

No si la Neurocirugía se ha democratizado.

Sino si quienes ocupamos posiciones de responsabilidad estamos realmente dispuestos a que lo haga.


Neurocirugia.com es un espacio independiente dedicado al análisis crítico, el debate profesional y la reflexión sobre el presente y el futuro de la Neurocirugía.

Deja un comentario