Neurocirugía Funcional: entre la divulgación, la excelencia y la responsabilidad profesional

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La reciente noticia difundida por el Hospital Universitario de La Princesa con motivo del Día Mundial de la Neurocirugía Funcional constituye una oportunidad para reflexionar sobre cómo comunicamos la neurocirugía a la sociedad.

En primer lugar, debe reconocerse el trabajo desarrollado por los equipos de Neurocirugía Funcional de nuestro país. La creación y consolidación de programas dedicados al tratamiento quirúrgico de trastornos del movimiento, epilepsia farmacorresistente, dolor neuropático y determinadas patologías psiquiátricas ha supuesto una mejora real para muchos pacientes y ha requerido décadas de esfuerzo clínico, investigador y organizativo.

La divulgación de esta actividad es legítima y necesaria. Los pacientes tienen derecho a conocer qué opciones terapéuticas existen y los hospitales públicos deben rendir cuentas sobre la actividad que desarrollan.

Sin embargo, la comunicación sanitaria exige un equilibrio delicado entre informar y promocionar.

La neurocirugía ocupa una posición singular dentro de la medicina. Sus procedimientos suelen ser complejos, tecnológicamente avanzados y con un importante impacto emocional sobre pacientes y familias. Precisamente por ello, la información transmitida debe ser especialmente prudente, rigurosa y proporcionada.

Expresiones como «altas cotas de éxito», «referente» o «liderazgo» son habituales en la comunicación institucional. No obstante, desde una perspectiva académica, el verdadero prestigio de un servicio no procede de las afirmaciones que realiza sobre sí mismo, sino de los resultados objetivos que es capaz de demostrar, de la calidad de sus publicaciones, de sus indicadores de seguridad y de la confianza que generan sus profesionales.

La excelencia en neurocirugía rara vez necesita ser proclamada; suele ser reconocida por pacientes, colegas y sociedades científicas a través del trabajo continuado durante años.

Para los pacientes, resulta especialmente importante recordar que ninguna técnica quirúrgica garantiza resultados perfectos. La estimulación cerebral profunda, la cirugía de la epilepsia, los ultrasonidos focalizados o cualquier otra modalidad terapéutica ofrecen beneficios potenciales, pero también presentan limitaciones, complicaciones y grados variables de respuesta individual. Una comunicación equilibrada debe transmitir simultáneamente esperanza y realismo.

También existe una enseñanza valiosa para los residentes y jóvenes neurocirujanos.

La medicina moderna convive con una creciente presión por la visibilidad institucional, la presencia en redes sociales y la promoción de resultados. Sin embargo, la formación neuroquirúrgica debe asentarse sobre principios diferentes: honestidad intelectual, análisis crítico de la evidencia, humildad ante la incertidumbre clínica y respeto absoluto por la vulnerabilidad del paciente.

El objetivo de la comunicación científica no debería ser convencer, sino informar.

El objetivo de la neurocirugía no debería ser impresionar, sino ayudar.

Y el objetivo de un servicio no debería ser parecer excelente, sino serlo.

Las mejores escuelas neuroquirúrgicas de la historia no construyeron su prestigio mediante campañas de comunicación, sino mediante generaciones de pacientes bien tratados, residentes bien formados y conocimiento científico producido con rigor.

La divulgación institucional es necesaria. El marketing sanitario, especialmente cuando se dirige a patologías complejas y pacientes vulnerables, exige una prudencia mucho mayor.

La confianza pública en la neurocirugía se fortalece cuando la especialidad comunica sus éxitos, pero también cuando reconoce sus límites. En una disciplina donde las decisiones pueden cambiar vidas de forma irreversible, la credibilidad continúa siendo el activo más valioso de todos.

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