La reparación endoscópica suele funcionar, pero revela algo más incómodo: cuando la fístula espontánea recurre, casi dos de cada tres veces aparece en otro punto de la base craneal. El problema quizá no sea el cierre, sino la enfermedad que continúa actuando detrás de él. Sin seguimiento homogéneo y con apenas unas 37 recurrencias, no encontrar predictores no significa que no existan; significa que todavía no sabemos medirlos.
En una cohorte retrospectiva multicéntrica de pacientes operados por fístula espontánea de líquido cefalorraquídeo, con participación de Isam Alobid, Unidad de Rinología y Cirugía de Base de Cráneo del Hospital Clínic-IDIBAPS, Universitat de Barcelona y CIBERES, se concluye que las fístulas espontáneas de LCR aparecen sobre todo en mujeres con sobrepeso u obesidad y con signos radiológicos de hipertensión intracraneal idiopática
La reparación endoscópica consigue una baja tasa de recurrencia, alrededor del 8%, pero no identificaron ninguna variable clínica, radiológica o quirúrgica capaz de predecir qué pacientes recaerán.
Además, muchas recurrencias aparecen en un lugar distinto del defecto inicial, lo que sugiere que no siempre se trata de un fallo del cierre, sino de una enfermedad subyacente de toda la base craneal.
La conclusión práctica es clara: hacen falta estudios prospectivos y seguimiento prolongado antes de poder definir factores pronósticos o estrategias preventivas eficaces.
El estudio presume de 468 pacientes, pero su pregunta principal depende de apenas unas 37 recurrencias: una base demasiado estrecha para descartar predictores con seguridad. Al ser retrospectivo, multicéntrico y probablemente heterogéneo en seguimiento, diagnóstico de hipertensión intracraneal y técnicas quirúrgicas, el “no encontramos factores asociados” puede significar simplemente “no tuvimos potencia ni uniformidad para detectarlos”. La gran cohorte impresiona; la conclusión pronóstica, mucho menos.
Cerrar la fístula no equivale a tratar la enfermedad. Este estudio demuestra que la recurrencia suele aparecer lejos del defecto inicial, pero no identifica quién recaerá ni qué estrategia la evitará. Para el neurocirujano, el mensaje es incómodo: podemos reparar muy bien la base del cráneo y seguir ignorando la presión, la fisiopatología y el riesgo global del paciente. La técnica resuelve el agujero; todavía no sabemos resolver el problema.