Después de más de una década de formación, miles de horas de quirófano, entrenamiento microscópico, manejo de tumores cerebrales, cirugía vascular compleja y procedimientos técnicamente extraordinarios, el sistema sanitario ha encontrado para ellos una misión histórica acorde con semejante preparación:
Revisar resonancias lumbares.
Muchas resonancias lumbares.
Incontables resonancias lumbares.
Una cantidad de resonancias lumbares que probablemente sería visible desde la Estación Espacial Internacional.
La teoría es sencilla.
Un ciudadano cumple cincuenta años.
La columna envejece.
Se realiza una resonancia.
La resonancia informa:
«Discopatía degenerativa.»
«Espondiloartrosis.»
«Protrusión discal.»
«Pequeño conflicto radicular que podría o no podría existir dependiendo de la posición de Saturno respecto a Júpiter.»
Inmediatamente se activa el protocolo nacional no escrito.
Derivar a Neurocirugía.
Y así comienza el viaje.
Un viaje extraordinario.
Un viaje que puede incluir resonancias, electromiogramas, potenciales evocados, consultas sucesivas, rehabilitación pendiente, unidad del dolor pendiente, nuevas resonancias y, ocasionalmente, una segunda resonancia para confirmar lo que ya decía la primera resonancia.
A saber:
Que el paciente tiene la misma edad que figura en su documento nacional de identidad.
Mientras tanto, el neurocirujano observa.
Observa miles de discos.
Miles.
L4-L5.
L5-S1.
L4-L5.
L5-S1.
A veces aparece un L3-L4 para romper la monotonía y mantener viva la ilusión de diversidad biológica.
En algún momento de la carrera profesional se alcanza un estado superior de consciencia.
El especialista ya no necesita mirar la resonancia.
Puede verla mentalmente.
Un paciente entra por la puerta.
Tiene más de sesenta años.
Refiere dolor lumbar.
El neurocirujano cierra los ojos.
Visualiza una protrusión L4-L5.
Abre los ojos.
Y acierta.
La precisión diagnóstica roza lo paranormal.
Naturalmente, no toda la culpa es de los pacientes.
Los pacientes hacen exactamente lo que deben hacer.
Les duele algo.
Buscan ayuda.
El verdadero milagro administrativo consiste en haber construido un sistema donde prácticamente cualquier problema musculoesquelético acaba orbitando alrededor de una consulta de Neurocirugía.
La columna vertebral se ha convertido en el agujero negro del sistema sanitario.
Todo acaba cayendo dentro.
Rehabilitación saturada.
Dentro.
Unidad del Dolor saturada.
Dentro.
Neurología saturada.
Dentro.
Traumatología saturada.
Dentro.
Atención Primaria sin recursos.
También dentro.
La Neurocirugía recibe entonces una misión imposible:
Resolver problemas cuya solución depende de servicios que tampoco tienen capacidad para resolverlos.
Es una obra maestra organizativa.
Sería admirada en las mejores escuelas de administración pública si no afectara a personas reales.
Mientras tanto, los tumores cerebrales esperan pacientemente su turno para recordar a todo el mundo que la Neurocirugía existe.
Aparece un meningioma.
Todos respiran aliviados.
Por fin algo neuroquirúrgico.
Dura unos minutos.
Después entra otra protrusión.
En ocasiones surge una hidrocefalia.
Una mielopatía cervical.
Un schwannoma.
La consulta recupera fugazmente su identidad.
Pero enseguida vuelve la realidad.
Otra protrusión.
Otra estenosis.
Otro dolor lumbar de diez años de evolución.
Otro paciente pendiente de rehabilitación desde una época histórica que los arqueólogos aún están intentando datar.
Los responsables sanitarios suelen preguntarse por qué existen listas de espera.
La respuesta quizá sea menos misteriosa de lo que parece.
Si uno decidiera utilizar pilotos de Fórmula 1 para repartir pizzas, probablemente también aparecerían retrasos.
Y si además obligara a los pilotos a cultivar el trigo, fabricar el queso y construir el horno, los retrasos serían todavía mayores.
Eso es aproximadamente lo que ocurre cuando un sistema emplea especialistas entrenados para realizar cirugía cerebral compleja como gestores universales de la degeneración vertebral asociada al envejecimiento humano.
La consecuencia final es profundamente española.
El ciudadano cree que va a ver a un neurocirujano.
El neurocirujano cree que va a ejercer la Neurocirugía.
El sistema cree que ambos problemas están resueltos porque existe una cita en la agenda.
Y todos salen razonablemente insatisfechos.
Excepto las protrusiones discales.
Las protrusiones discales viven una auténtica edad de oro.
Probablemente nunca han tenido tanta influencia sobre la organización de un sistema sanitario nacional.
Si algún día desarrollan conciencia política, podrían gobernar el país.