La primera lección que debes aprender: la mejor técnica quirúrgica no compensa una mala indicación

Bienvenida/o a la Neurocirugía.

Has elegido una de las especialidades más fascinantes de la medicina. Durante los próximos años aprenderás anatomía, fisiología, neuroimagen, cuidados intensivos y cientos de detalles técnicos que, poco a poco, te permitirán operar el sistema nervioso humano.

Verás procedimientos extraordinarios. Te sorprenderá la destreza de algunos cirujanos. Aprenderás a admirar la precisión de una disección, la elegancia de un abordaje y la belleza de una anastomosis perfectamente realizada.

Y es bueno que sea así.

La Neurocirugía es también un arte.

Pero hay algo que debes comprender desde el primer día.

La técnica es importante.

La técnica es necesaria.

La técnica, por sí sola, no es suficiente.

Probablemente pasarás gran parte de tu residencia asistiendo a cursos, congresos y laboratorios anatómicos. Aprenderás cómo llegar a un aneurisma complejo, cómo resecar un meningioma de la base del cráneo o cómo exponer un nervio craneal sin lesionarlo.

Todo eso es extraordinariamente valioso.

Pero no permitas que la fascinación por la técnica te haga olvidar la pregunta más importante de la profesión:

¿Debe este paciente ser operado?

La neurocirugía está llena de operaciones magníficamente ejecutadas que nunca debieron realizarse.

Hay pacientes con imágenes espectaculares y síntomas mínimos.

Pacientes en los que la cirugía ofrece muy poco beneficio.

Pacientes que estarán mejor con observación, rehabilitación, radiocirugía o tratamiento conservador.

Pacientes que necesitan tiempo.

Pacientes que necesitan otra especialidad.

Y, en ocasiones, pacientes que necesitan simplemente que un médico tenga el valor de decirles: «No creo que operarle sea lo mejor para usted».

Aprenderás que operar es difícil.

Pero aprenderás también que no operar, cuando corresponde, es todavía más difícil.

Porque la cirugía ofrece algo muy seductor: la sensación de actuar.

El bisturí nos hace sentir útiles.

La operación nos da la impresión de estar resolviendo un problema.

Sin embargo, la medicina no consiste en hacer cosas.

Consiste en hacer las cosas correctas.

Nunca olvides que el primer acto quirúrgico no es la incisión.

Es la indicación.

Antes de aprender a utilizar el microscopio, aprende a escuchar al paciente.

Antes de memorizar un abordaje, aprende a comprender la historia natural de las enfermedades.

Antes de admirar un vídeo quirúrgico, pregúntate si el paciente realmente necesitaba esa operación.

La mejor decisión de un neurocirujano muchas veces no ocurre en el quirófano.

Ocurre en la consulta.

En una reunión clínica.

En una conversación con la familia.

En un momento de honestidad en el que se reconoce que la cirugía no es la mejor respuesta.

A lo largo de tu residencia conocerás grandes técnicos y grandes operadores.

Admíralos.

Aprende de ellos.

Pero busca sobre todo a aquellos maestros que saben cuándo no operar.

Porque esos son los verdaderos neurocirujanos.

Con el tiempo descubrirás una verdad que ningún atlas de anatomía ni ningún curso de microcirugía puede enseñarte:

Una mala técnica puede mejorarse con entrenamiento.

Una mala indicación puede cambiar la vida de un paciente para siempre.

Por eso, si solo recuerdas una lección de estas primeras semanas, que sea esta:

La mejor técnica quirúrgica jamás compensará una mala indicación.

Si aprendes esta verdad desde el comienzo de tu carrera, cometerás menos errores, operarás mejor y, sobre todo, serás un médico más prudente, más honesto y más útil para tus pacientes.

La Neurocirugía necesita grandes cirujanos.

Pero necesita aún más grandes criterios.

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