La población envejece.
Los pacientes neuroquirúrgicos también.
Sobre esta realidad indiscutible se construye GENEUS, un proyecto europeo que pretende desarrollar un modelo integrado de atención para pacientes mayores sometidos a tratamiento neuroquirúrgico mediante la colaboración entre neurocirugía y geriatría.
La premisa es razonable.
La necesidad existe.
La pregunta es si la solución propuesta conseguirá modificar los resultados clínicos de los pacientes o si terminará siendo otro ejemplo de innovación organizativa con escaso impacto asistencial real.
Un diagnóstico correcto
El proyecto parte de una observación difícilmente discutible.
La neurocirugía europea atiende cada vez más pacientes de edad avanzada.
Muchos presentan:
- fragilidad,
- pluripatología,
- deterioro funcional previo,
- problemas cognitivos,
- necesidades complejas de rehabilitación.
En estos pacientes, el resultado de una intervención no depende exclusivamente de la calidad técnica de la cirugía.
Factores como la reserva fisiológica, la movilidad previa, el estado nutricional o la capacidad de recuperación pueden ser tan determinantes como la propia lesión.
Desde este punto de vista, la colaboración estructurada entre neurocirugía y geriatría tiene una lógica clínica evidente.
El riesgo de confundir proceso con resultado
Sin embargo, la lectura de los comunicados públicos del proyecto deja una sensación llamativa.
Se describen con detalle:
- circuitos asistenciales,
- coordinación,
- continuidad de cuidados,
- armonización,
- herramientas operativas,
- cooperación internacional.
Pero apenas se especifican los resultados clínicos concretos que se pretenden alcanzar.
Y aquí aparece una cuestión fundamental.
La historia de los sistemas sanitarios está llena de proyectos que mejoraron los procesos administrativos sin modificar significativamente la evolución de los pacientes.
Los pacientes no mejoran porque exista una vía integrada.
Mejoran porque:
- sufren menos complicaciones,
- recuperan antes la función,
- mantienen su autonomía,
- sobreviven más tiempo con buena calidad de vida.
La existencia de nuevos protocolos no garantiza ninguno de esos objetivos.
Una debilidad conceptual frecuente
Existe además una tendencia creciente en la sanidad contemporánea que merece reflexión.
Cuando aparece un problema clínico complejo, la respuesta suele consistir en crear:
- programas,
- redes,
- rutas asistenciales,
- grupos de trabajo,
- estructuras de coordinación.
En ocasiones estas medidas son útiles.
En otras generan una nueva capa organizativa sin resolver los problemas fundamentales.
La cuestión relevante no es si neurocirugía y geriatría deben colaborar.
Probablemente deban hacerlo.
La cuestión es si la colaboración propuesta aporta valor adicional medible respecto a una buena práctica clínica ya existente.
Lo que todavía no sabemos
Los comunicados hablan de mejorar:
- la calidad,
- la equidad,
- la coordinación,
- la continuidad asistencial.
Todas ellas son expresiones atractivas.
Pero desde una perspectiva científica resulta imprescindible conocer algo más concreto.
¿Cuál será el criterio principal de éxito?
¿Reducción de mortalidad?
¿Disminución de delirium postoperatorio?
¿Mejora funcional medida mediante escalas validadas?
¿Reducción de institucionalización?
¿Disminución de estancia hospitalaria?
¿Reducción de reingresos?
Sin indicadores clínicos claramente definidos, resulta difícil valorar la relevancia real del proyecto.
La cuestión económica que nadie menciona
Otro aspecto llamativo es la ausencia de una discusión explícita sobre recursos.
Muchos de los problemas que afectan a los pacientes mayores no derivan de la falta de coordinación.
Derivan de la escasez de:
- personal de enfermería,
- fisioterapia,
- rehabilitación,
- apoyo social,
- camas específicas,
- seguimiento ambulatorio.
Existe el riesgo de atribuir a déficits organizativos problemas que en realidad son déficits estructurales de recursos.
Si esto ocurre, ninguna herramienta asistencial conseguirá compensarlo.
Una oportunidad real
A pesar de estas incertidumbres, GENEUS plantea una cuestión extremadamente relevante.
La neurocirugía ha dedicado enormes esfuerzos a perfeccionar las técnicas quirúrgicas.
Quizá haya dedicado menos atención a comprender qué pacientes obtienen realmente beneficio de esas técnicas.
La valoración sistemática de la fragilidad, la función y la capacidad de recuperación puede convertirse en una de las áreas más importantes de desarrollo de la especialidad durante las próximas décadas.
Si GENEUS consigue demostrar que integrar estas variables mejora los resultados clínicos, su impacto podría ser considerable.
La prueba definitiva
Los proyectos sanitarios suelen evaluarse mediante indicadores de actividad.
Número de centros participantes.
Número de reuniones.
Número de protocolos desarrollados.
Número de pacientes incluidos.
Sin embargo, ninguna de estas métricas responde a la pregunta esencial.
La única evaluación verdaderamente relevante llegará cuando finalice el proyecto.
Entonces habrá que analizar si los pacientes mayores intervenidos en los hospitales participantes:
- vivieron más,
- recuperaron mejor su autonomía,
- sufrieron menos complicaciones,
- mantuvieron una mejor calidad de vida.
Si la respuesta es afirmativa, GENEUS habrá contribuido a transformar la neurocirugía geriátrica europea.
Si la respuesta es negativa, habrá puesto de manifiesto una realidad incómoda:
la innovación organizativa, por sí sola, no sustituye a la evidencia clínica.
Y en medicina, como siempre, los pacientes son quienes tienen la última palabra.