El nervio, el músculo y el hueso: una nueva mirada a las consecuencias de la denervación

Hay artículos que aportan un dato más. Y hay artículos que invitan a replantear una forma de entender la enfermedad.

El trabajo de Teresa Priego, Elena Nebot-Valenzuela, Álvaro Moreno-Rupérez, Miriam Granado, Daniel Jaque, Peter Pietschmann, Ana Isabel Martín y Asunción López-Calderón, publicado recientemente en Journal of Physiology and Biochemistry, pertenece a esta segunda categoría.

Priego T, Nebot-Valenzuela E, Moreno-Rupérez Á, Granado M, Jaque D, Pietschmann P, Martín AI, López-Calderón A, Martín AI. Relationship between muscle FNDC5, FGF21 mRNA, miR-150 and bone loss after sciatic denervation. J Physiol Biochem. 2026 Jul 4;82(1):64. doi:10.1007/s13105-026-01203-0. PMID:42400757.

El estudio, realizado por un grupo español de la Universidad Complutense de Madrid y colaboradores internacionales, parece a primera vista un trabajo de fisiología experimental más: seccionan el nervio ciático de ratas y estudian qué ocurre en el músculo y en el hueso.

Sin embargo, el mensaje del artículo va mucho más allá.

La neurocirugía ha contemplado tradicionalmente la denervación desde una perspectiva centrada en la pérdida de función motora, la atrofia muscular y la recuperación neurológica. El hueso ha ocupado un lugar secundario y el músculo se ha considerado principalmente un órgano mecánico.

Este trabajo sugiere que la realidad es bastante más compleja.

Cuando un nervio deja de funcionar, el músculo no solo se atrofia. También modifica su perfil de expresión genética y altera la producción de mioquinas capaces de influir en otros tejidos, entre ellos el hueso.

La denervación pone en marcha una auténtica cascada biológica.

Los autores muestran que la expresión de FGF21 aumenta de forma significativa y se correlaciona negativamente con la arquitectura trabecular ósea. Por el contrario, la disminución de FNDC5, precursor de la irisina, y de miR-150 se asocia con una mayor pérdida ósea.

La consecuencia conceptual es importante.

La osteoporosis del paciente neurológico probablemente no puede explicarse únicamente por la inmovilización o la ausencia de carga mecánica.

La lesión nerviosa parece desencadenar cambios moleculares que contribuyen activamente al deterioro óseo.

El nervio altera la biología del músculo.

El músculo, a su vez, influye sobre el hueso.

Para la neurocirugía, las implicaciones son relevantes.

Cada lesión medular, cada lesión de plexo braquial, cada síndrome de cola de caballo o cada déficit motor prolongado puede acompañarse de una enfermedad metabólica del sistema musculoesquelético que todavía conocemos de manera incompleta.

Y probablemente la evaluamos y prevenimos menos de lo que deberíamos.

El trabajo de Priego y colaboradores también conecta con una línea de investigación emergente que sitúa a FGF21 y otras mioquinas en el centro de la fisiopatología neuromuscular. Estas moléculas podrían convertirse en futuras dianas terapéuticas y en biomarcadores de la pérdida ósea asociada a la denervación.

Quizá dentro de unos años hablemos de terapias dirigidas al eje nervio-músculo-hueso de la misma forma que hoy hablamos de medicina de precisión en neurooncología.

Quizá podamos identificar precozmente a los pacientes con mayor riesgo de osteoporosis neurogénica y actuar antes de que aparezcan las fracturas y sus consecuencias funcionales.

El estudio de Priego y colaboradores nos recuerda que las lesiones del sistema nervioso tienen repercusiones que van mucho más allá del déficit neurológico inmediato.

Entre el nervio, el músculo y el hueso existe un diálogo molecular complejo, continuo y todavía insuficientemente explorado.

Y en ese diálogo puede encontrarse una de las próximas fronteras de la investigación traslacional en neurociencias.

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